Judas, resistencia dogmática

Original: http://www.eluniversal.com.mx/editoriales/34044.html

Por Eugenio Anguiano

Con motivo de la reciente revelación sobre el contenido de unas hojas de papiro escritas en copto, que fueron descubiertas en los años 70 del siglo pasado en una caverna cercana a El Minya, Egipto, se puso una vez más en evidencia la resistencia dogmática de un amplio sector de la Iglesia católica mexicana. Resulta que ese códice, después de haber circulado de manos de unos comerciantes de antigüedades a otras en Egipto, Europa y EU, fue finalmente estudiado y descifrado por expertos bajo el patrocinio del Waitt Institute for Historical Discovery y la National Geographic Society, y se encontraron con un texto escrito alrededor del año 300 de la era común, aparentemente por un mismo escriba anónimo que narra un diálogo privado entre Jesucristo y Judas Iscariote, en el que el maestro supuestamente le dice al discípulo que él superaría a sus colegas "porque tú sacrificarás al cuerpo que me viste".

Este testimonio indirecto, que parece desprenderse de otro escrito en griego unos 100 años antes, se antoja fantasioso pero ningún experto ha puesto en duda lo genuino del mismo. "El debate real estriba -escribió Laurie Goodstein en The New York Times del viernes pasado- en saber si el texto dice algo históricamente legítimo acerca de Jesús y Judas", lo cual deslindarán historiadores y algunos teólogos, pero obviamente no los muchos "pastores" de la Iglesia que simplemente se apoyan en dogmas para "guiar" a sus congregaciones. Esto se reflejó en las reacciones de dos altos representantes del clero de México: el cardenal Norberto Rivera quien al terminar de oficiar la misa del Domingo de Ramos, le respondió molesto a los reporteros: "Si quieren le seguimos la corriente a la publicidad del siglo II y IV (sic)"; y el cardenal Juan Sandoval Íñiguez quien dijo en Guadalajara que "el supuesto Evangelio de Judas sólo busca confundir los ánimos y es obra de los enemigos de la Iglesia católica" (EL UNIVERSAL, 10 de abril de 2006).

No son ninguna novedad estas reacciones de una institución que se siente nuevamente poderosa y arrogante ante desatinos tan grandes de algunos altos representantes del poder público actual, como el de ignorar la investidura oficial que ostentan al momento de hacer gala de sus creencias particulares, ignorando el respeto que le deben a un Estado laico como el nuestro. Más inteligente fue la reacción de, por ejemplo, el padre Senior (así se apellida), presidente de la Unión Teológica Católica de Chicago y miembro de la Comisión Bíblica Pontificia que asesora al Papa, quien dijo que la respuesta más probable de la Iglesia católica romana será la de ratificar los textos canónicos del Nuevo Testamento en vez de refutar el reciente descubrimiento.

Es justamente en el canon -en el uso cristiano equivale a regla o criterio- donde se ha gestado una narrativa histórica de esta religión que está llena de censuras y manipulaciones. El Nuevo Testamento consta de 27 documentos escritos entre el 50 y el 250 de la era común, sobre creencias y prácticas religiosas de las comunidades cristianas del mundo mediterráneo; la mayoría de estos escritos están en griego y cubren epístolas, apocalipsis y evangelios ("buena nueva"). Estos últimos cuentan la vida de Jesús de Nazaret, sus prédicas y dichos públicos, y oficialmente se reconocen únicamente cuatro evangelios: de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Esta delimitación del canon la estableció el obispo Atanasio de Alejandría, un admirador de Ireneo (c. 140-202) que combatió duramente la llamada herejía del gnosticismo, en el Concilio de Nicea en el año 325, como parte de su lucha en favor de la ortodoxia y contra el arrianismo.

Pero resulta que las comunidades cristianas de la antigüedad eran entidades vivas y generadoras de interpretaciones de su religión, de manera que entre los siglos II y III se escribieron principalmente en Egipto, donde estaban asentadas esas comunidades, varios evangelios que describían actos privados o particulares de Jesús, recogidos a través de las tradiciones orales que decían derivarse de testimonios directos. En 1945 se descubrieron más de 50 textos cristianos antiguos en Nag Hammadi, que al traducirse confirmaron lo que circulaba entre diversos grupos de cristianos antiguos: la existencia de varios otros evangelios, entre ellos los de Tomás, María Magdalena y, sin duda, el nuevo hallazgo, el Evangelio de Judas.

Con la decisión de la fracción ortodoxa de la Iglesia -que se impuso finalmente- de declarar apócrifos (del griego apokryphos "oculto") esos evangelios y otros escritos, y de estigmatizar a sus escribas y a quienes creían en lo escrito, de herejes, quedó resuelto el problema desde el ángulo del dogma, que no necesariamente de la historia y de la verdad. Los cristianos gnósticos se negaban a identificar al Dios del Nuevo Testamento, el padre de Cristo, con el del Antiguo Testamento, elaboraron su propia interpretación no ortodoxa del ministerio de Jesús y escribieron otros evangelios, adicionales a los sacralizados.